Solamente después de coger muchas olas y de perder la cuenta de cuántas se han cogido, termina uno por comprender que no ha habido dos iguales. Al romper, cada una de ellas habla con una voz diferente, y la esencia del surf consiste en saber escucharla, entenderla e interpretar su mensaje sobre la tabla.

Algo parecido sucede al sacar imágenes del mar: como el surfista, el fotógrafo se enfrenta a un elemento que a cada instante tiene un alma distinta. Ambos viven para captar la semilla de la ola, el momento en el que todo puede suceder. Los dos saben que si la dejan escapar pierden para siempre algo irrepetible.

El humano y la ola: un diálogo que dura apenas unos segundos y que no puede plasmarse en palabras.

(Texto: Miguel Salas)





El Viaje

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