Ferrol-97A


Ferrol-97A se crea casualmente por los ferrolanos Pablo López Hernández (fotografía) y Nacho Santalla Plaza (skater). Casual porque, al principio, el objetivo final de las imágenes no era concentrarlas en un único trabajo. Pero las cosas, a veces, evolucionan.


Durante las primeras tomas surge la idea de utilizarlas para mostrar y poner en valor Ferrol. Una ciudad en claro proceso de desindustrialización y retroceso demográfico, pero que esconde en sus calles y alrededores inmensos atractivos. Muchos de ellos calados de historia.


A los que queremos a esta ciudad nos cuesta dejarla abandonada a su suerte. Armonizar el sonido de las ruedas del skate de Nacho con los lugares más encantadores de esta villa volcada al mar…es nuestra humilde aportación.


En mitad del proceso de la toma de fotografías creímos que sería muy enriquecedor para el proyecto y para el que lo siga poder contar también con textos de diferentes personajes ferrolanos que acompañen a las imágenes, aportando cada uno su punto de vista del lugar y de la ciudad. Gracias a tod@s de antemano!!


Puedes hacer dos cosas: criticar y, de paso, contribuir con algo que también es muy característico de Ferrol. O puedes acompañarnos durante el tiempo que dure este periplo.

Tú mismo.

Nacho Santalla patinado por Ferrol.

La alegoría del ceda el paso.


“Ferrolterra es el único lugar del planeta civilizado donde se debería dejar entrar antes de salir. La alusión gráfica que exhibe Pablo en esta foto da mucho que pensar.


Como la lluvia que baña Ferrol, resulta curioso que el mejor patrimonio de la comarca, la ría de la que nacen sus pescados, mariscos y buques de sus astilleros; tenga tantas versiones enfrentadas, opiniones y posibilidades para su recuperación, que parece intimada a un inmovilismo absoluto. Nunca llueve a gusto de todos.


Bienvenidos a Ferrol, tras la senda de ese patín habita un discurso innato de regresar al lugar del que todos partimos sin saber si algún día volveremos. El sueño “americano” ferrolano es muy sencillo: retornar algún día para quedarse.”


Marcial Pita.
Periodista.

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Nacho Santalla entrando en Ferrol.

Destino.


Nunca el hombre ha sabido a dónde dirigirse
ni en sus manos pequeñas ha cabido el destino.
Sin embargo, sí puede otorgar elegancia
y cierta simetría veloz a su existir:
darle, en fin, un sentido -sería un gran error
creer que fondo y forma son cosas diferentes-.
Lo que encuentra el viajero en la ciudad sombría
depende de qué lleve consigo cuando entra;
un corazón vacío reflejará vacío,
y un corazón repleto devolverá la vida
a todo lo que duerme sin reposo y sin fe.


Miguel Salas.

Escritor.

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Nacho Santalla con su skate en Ferrol.

Comanches


A todo lo que quedaba más allá de la plaza de España le llamábamos «Territorio Comanche». A nuestros 15 años -aquellos de los primeros pitillos a escondidas-, los ensanches se nos presentaban como una especie de ciudad distinta, casi inexplorada si no fuese por las noches de viernes en las que a tu hermano se le antojaba un pepito de ternera.

Para esa pandilla de niñas pijas que paraban en el Tenis, 'fuera de puertas' no había nada demasiado interesante sobre el asfalto. Si acaso un romance furtivo, una disputa entre tribus de barrio, una casa familiar vacía durante el verano, un partido de baloncesto.

Ahora me doy cuenta de que Ferrol es un pueblo con muchas ciudades dentro. Casi tantas como habitantes. No conozco ningún otro lugar donde la gente emplee tanto tiempo en hablar sobre él. Es el sino de los ferrolanos: «Hablarás de Ferrol sobre todas las cosas».

Esto es como una vieja caja en la que se han ido guardando piezas de varios puzles. Retazos acumulados a medida que iban apareciendo bajo la alfombra, entre los cojines del sofá o en un cajón. Todos diferentes, pero destinados a encajar en algún momento aunque en poco o nada se parezcan.

Algunas de esas piezas nos devuelven la imagen de un Ferrol que algún día fue, pero que nunca llegamos a conocer más allá de postales amarillentas o coloreadas en los primeros coletazos del Technicolor. Otras están en blanco todavía, esperando a ser reveladas. A que seamos nosotros quienes las revelemos.

Cuando las obras en la plaza de España y la llegada, al fin, de la autopista relegaron al puente de As Pías y a la Porta Nova a ser una carretera secundaria, pasó algo extraordinario en el Territorio Comanche. No lo sabía entonces, con esos 15 años bobos, pero comanche significa «enemigo» o «los que quieren luchar siempre contra mí». Qué cosas.

Los ensanches rezumaban más vida que nunca en aquel momento, mientras que los barrios históricos -esos que siempre miraron por encima del hombro al resto dentro unas murallas que hace ya mucho tiempo que no existen-, empezaban a caerse, a despedirse de sus vecinos y a agonizar.

Se palpaba esa vitalidad, del tipo de la que se traduce en bajos ocupados, en comercio, en bares, en oficinas. Mientras un Ferrol se había mirado el ombligo, otro Ferrol distinto había tomado el mando: el de los profesionales, los inmigrantes, los trabajadores. El Ferrol de los que saludan siempre aunque su apellido no se corresponda con ninguna de las sagas familiares 'de toda la vida'.

El de aquellos que no temen a los cambios, que aceptan redimensionar la ciudad de 90.000 en un pueblo de 67.000. Que saben que aunque las piezas del puzle no encajan, es probable que den para un buen mosaico si somos quien de aplicarles la argamasa adecuada. Son esos, y no otros, los que llamábamos comanches.


Marta Corral.

Periodista.

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Nacho Santalla en el barrio de Ferrol

Latío Jondo.


Calor de mayo y color. Sobre todo color. Las señoras apuran el paso por las callejuelas de las “Casas Baratas”. Es lunes de mercadillo y toca aprovisionarse de todo tipo de enseres. Fruta y verdura del mercado, de esa cuyo sabor nos transporta irremediablemente a los veranos en la aldea. Esa, carnosa y jugosa que nada tiene que ver con la del gran Supermercado que han abierto en el polígono. Sabor de barrio, del de toda la vida. El recuerdo nostálgico de tiempos mejores. Un bastión que resiste, a duras penas, los embates del paso del tiempo. Y el frú- frú del trajín de las bolsas y cestos de las vecinas que se reúnen en la esquina para radiar las últimas novedades. La Pili y la Juana acompasan su eco conel grito de esa gitana, guapa a rabiar, que anuncia que las bragas están:“¡sólo a un euro, guapa!”. Una orquesta perfecta con el latío jondode un lugar con alma, con duende.

Luis y Manolo han quedado en el Sanchís para echar la partidita al tute y tomarse sus chatos. Al cruzar la Plaza de Sevilla han pillado a sus nietos en un banco; dando las primeras caladas a un Ducados rubio robado,furtivamente, del bolso de alguna de sus madres. A clase, que hay que estudiar. Hay que estudiar a pesar de que ya no abunda el trabajo como antes. A pesar de los buzos colgados, en señal de protesta, de la puerta del Arsenal. La vida sigue. Hay que aguantar.

La ropa de casa de los Salazar ondea al viento, su bandera. La de baberos, mono de faena y equipación del Ánimas incluida. Insignia de lo que significa vivir y apretar dientes. El coraje es el mejor aislante para la humedad que se cuela por las grietas y los tejados que, hace mucho, debieron retejar.

Cae la noche y los últimos murmullos de vida se van disipando. Se escucha la radio. Trajín en la cocina y grito a Ricardito para que suba a cenar, que son horas. Y así, en la semipenumbra Lucas y Paula están aprendiendo a vivir. Las manos nerviosas que levantan la falda, las lenguas que debates voraces en aquel callejón.De paisaje de fondo una pintada que reza “Laury, te amo con locura”. Un chaval hace cabriolas con su skate en la acera y el bueno de Ramón se cala bien la boina mientras farfulla que el chico va a acabar llorando. Que al fin y al cabo aquí, en Recimil, saben que por muy putas que vengan dadas… de momento ser feliz, es barato.


Elba Agulló.

Periodista.

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Nacho Santalla haciendo un truco en Ferrol.

Entre "Las Angustias"...


Como en el introito de una misa, la iglesia de Las Angustias sirve como puerta de entrada entre el Ferrol de la Ilustración y el Ferrol proletario de entonces. Situada en la avenida principal del actual barrio de Esteiro, demolido en los años 70 del siglo pasado, dando nombre a la plaza que preside y en donde se venera la imagen de la Virgen con el Hijo en su regazo. Siendo sede de la Pontificia, Real e Ilustre Cofradía de Nuestra Señora de Las Angustias, con más de dos siglos de existencia.

Nacho, el skater, nos sugiere una especie de nexo de unión entre lo eclesiástico, lo civil y lo militar. Al deslizarse velozmente hacia los arsenales hace como un guiño al antiguo barrio obrero: de casas bajas, calles de tierra, balcones con ropa tendida, ruina y mucha miseria; donde abundaban los prostíbulos que servían para regocijo y lascivia de no pocos ferrolanos y marinos forasteros; homenajeando con ello a las gentes que vivían en él y que participaban en la construcción del Arsenal Militar.

Quizás Nacho tenga prisa por encontrarse con Jorge Juan o Sánchez Bort para pedirles que trasladasen sus ideas ilustradas y racionalistas a la época actual e hiciesen resurgir en Ferrol el brillo y esplendor que tuvo en su época (difícil se lo fiamos).

O tal vez, raudo y veloz, tenga intención de meterse en el Dique de la Campana para llevar a cabo la reparación necesaria que nuestra querida ciudad tanto necesita.


Manuel López.

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Nacho Santalla en el Cantón de Molíns de Ferrol.

Ferrol rebobinado.


El otoño es romántico, nostálgico. Conduce, sin querer, a rebobinar aquellas cintas a las que ajustábamos su hilo de sonidos. A traer a la mente recuerdos agolpados, que nunca llegan a irse. Por suerte. Buenos y más grises. La inmensa escalera de aquel oscuro Gobierno Militar, que fue Fundación Caixa Galicia y ahora es Afundación. Cuántos cambios en tan pocos años, cuántas cosas que algunos ni siquiera han conocido. Peor, ni siquiera imaginan. En un amplio triángulo sin vértices, en la primera alameda gallega.
En un Cantón que, dicen en casa, tenía churros, patatas y buñuelos de La Bola de Oro. Un quiosco al que asomarse, al que pedir sin prisas. Ni teléfonos móviles que nos roben tiempo, vistas y acordes. Donde el progreso de un aparcamiento subterráneo privó de árboles ejemplares a cambio de vallados. Otra obra del Escorial que parece olvidada, solo recordamos la plaza de España. Terrazas que no son las de antaño, cuando brotaba el dinero y la alegría.
Cuando la resignación no abocaba a luchar contra el temporal de envejecimiento y depresión colectiva. De cuando la losa del paso del tiempo no impedía meditar el futuro. Al compás de un skate, que ya los hubo y que sigue habiendo, quizá sea el instante de pensar a muchos años vista. De tener claro cómo nos gustará caminar, beber y descansar cuando el Cantón sea todavía más viejo. Y nosotros seamos veteranos de guerra y añoremos días de gloria.


Raúl Salgado.

Periodista.

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Nacho Santalla con su skate por Ferrol.

Pintado de color pescado.



No sé a quién se le ocurrió pintarlo de color azul bebé, le da un extraño cariz infantil. Extraña elección para un lugar donde huele a pescado. Inevitablemente, en mi cabeza, trato de imaginármelo de rosa pastel.

No creo que el rosa le agradase a Rodolfo Ucha. Al buen hombre le rechazaron en Madrid y, por suerte, vino a parar a Ferrol, donde le nombramos arquitecto municipal en 1909. Nos dejó, entre otras joyas, el Mercado de la Magdalena, la fachada del Teatro Jofre, el Hotel Suizo y el Casino de Ferrol – todos ellos lugares muy y mucho españoles.

Ya que es una pescadería, o al menos fue concebido como tal, entiendo que no sea rosa. El mar, como los peixes, es más bien azul – la lógica es aplastante. Aunque ahora, mirándolo con ojos frescos, me pregunto si en realidad no estará pintado de color verde mar. O como dicen los franceses, que para esto son muy finos, turquoise.

Lo que está claro es que no es rosa, aunque yo opto por hacer un referéndum y ver qué opinan los ferrolanos. Es cierto que el mar, y los peces, son kind of blue (que también es un disco de Miles Davis). Pero… ¿qué me dicen de las nécoras? ¡o el pulpo! Son obviamente más rosas que azules.

Tal vez, tanto el mar como el Mercado de la Magdalena, no sean tan azules como pensamos. O tal vez es como una de esas fotos que rula por el Facebook donde la mitad del personal ve la zapatilla verde, y la otra, rosa.

Qué dilema y qué alboroto. Propongo un referéndum. Elijan ustedes el color de las papeletas.


Gabriel Fraga.

Periodista.

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Excesivo.


Siempre me pareció excesivo ese edificio. Una suerte de brutalismo soviético implantado quirúrgicamente en el barrio de la Magdalena. Pero lo cierto, es que nunca había reparado demasiado en su peculiar belleza.

Era como esa clase de escenario que se convierte en un clásico común ante el que acontece todo. Todo en Ferrol pasaba allí, todo o casi todo. Ahora, mucho se lo ha robado Amboage, parece que el tiempo juega estragos y a esta plaza que él posee, le han salido arrugas.

Ahora que a más a menudo de lo que debiera hago memoria para echar cuentas del pasado, lo veo como un enorme telón en el que se proyectan y yuxtaponen muchas de mis memorias. Veo pasar por delante de él las largas noches que acababan aquí, cogiendo un taxi, trazando así un camino circular que nos devolvía al lugar donde todo había empezado. Y también veo proyectarse las memorias de niña, subiendo y bajando al colegio, o las de adolescente sentada en una esquina, esperando, desesperando y pasando las tardes…

Es patrimonio de la memoria colectiva de esta ciudad. Lo ha visto todo. Se ha callado, nos ha guardado secretos, nos ha hecho de testigo,… y nosotros, insensatos, nunca le hemos querido mucho.

Quizá los ferrolanos, deberíamos aprender más de él y sentirnos por una vez grandes, enormes, peculiares y bellos a nuestra manera. A lo mejor así, conseguiríamos perdurar como lo ha hecho él, e incluso, que nos hagan una plaza nueva. Pero esa, es otra historia.


Carolina Martínez.

Ingeniera y fotógrafa.

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