Nacho Santalla patinado por Ferrol.

La alegoría del ceda el paso.


“Ferrolterra es el único lugar del planeta civilizado donde se debería dejar entrar antes de salir. La alusión gráfica que exhibe Pablo en esta foto da mucho que pensar.


Como la lluvia que baña Ferrol, resulta curioso que el mejor patrimonio de la comarca, la ría de la que nacen sus pescados, mariscos y buques de sus astilleros; tenga tantas versiones enfrentadas, opiniones y posibilidades para su recuperación, que parece intimada a un inmovilismo absoluto. Nunca llueve a gusto de todos.


Bienvenidos a Ferrol, tras la senda de ese patín habita un discurso innato de regresar al lugar del que todos partimos sin saber si algún día volveremos. El sueño “americano” ferrolano es muy sencillo: retornar algún día para quedarse.”


Marcial Pita.
Periodista.

Nacho Santalla entrando en Ferrol.

Destino.


Nunca el hombre ha sabido a dónde dirigirse
ni en sus manos pequeñas ha cabido el destino.
Sin embargo, sí puede otorgar elegancia
y cierta simetría veloz a su existir:
darle, en fin, un sentido -sería un gran error
creer que fondo y forma son cosas diferentes-.
Lo que encuentra el viajero en la ciudad sombría
depende de qué lleve consigo cuando entra;
un corazón vacío reflejará vacío,
y un corazón repleto devolverá la vida
a todo lo que duerme sin reposo y sin fe.


Miguel Salas.

Escritor.

Nacho Santalla con su skate en Ferrol.

Comanches


A todo lo que quedaba más allá de la plaza de España le llamábamos «Territorio Comanche». A nuestros 15 años -aquellos de los primeros pitillos a escondidas-, los ensanches se nos presentaban como una especie de ciudad distinta, casi inexplorada si no fuese por las noches de viernes en las que a tu hermano se le antojaba un pepito de ternera.

Para esa pandilla de niñas pijas que paraban en el Tenis, 'fuera de puertas' no había nada demasiado interesante sobre el asfalto. Si acaso un romance furtivo, una disputa entre tribus de barrio, una casa familiar vacía durante el verano, un partido de baloncesto.

Ahora me doy cuenta de que Ferrol es un pueblo con muchas ciudades dentro. Casi tantas como habitantes. No conozco ningún otro lugar donde la gente emplee tanto tiempo en hablar sobre él. Es el sino de los ferrolanos: «Hablarás de Ferrol sobre todas las cosas».

Esto es como una vieja caja en la que se han ido guardando piezas de varios puzles. Retazos acumulados a medida que iban apareciendo bajo la alfombra, entre los cojines del sofá o en un cajón. Todos diferentes, pero destinados a encajar en algún momento aunque en poco o nada se parezcan.

Algunas de esas piezas nos devuelven la imagen de un Ferrol que algún día fue, pero que nunca llegamos a conocer más allá de postales amarillentas o coloreadas en los primeros coletazos del Technicolor. Otras están en blanco todavía, esperando a ser reveladas. A que seamos nosotros quienes las revelemos.

Cuando las obras en la plaza de España y la llegada, al fin, de la autopista relegaron al puente de As Pías y a la Porta Nova a ser una carretera secundaria, pasó algo extraordinario en el Territorio Comanche. No lo sabía entonces, con esos 15 años bobos, pero comanche significa «enemigo» o «los que quieren luchar siempre contra mí». Qué cosas.

Los ensanches rezumaban más vida que nunca en aquel momento, mientras que los barrios históricos -esos que siempre miraron por encima del hombro al resto dentro unas murallas que hace ya mucho tiempo que no existen-, empezaban a caerse, a despedirse de sus vecinos y a agonizar.

Se palpaba esa vitalidad, del tipo de la que se traduce en bajos ocupados, en comercio, en bares, en oficinas. Mientras un Ferrol se había mirado el ombligo, otro Ferrol distinto había tomado el mando: el de los profesionales, los inmigrantes, los trabajadores. El Ferrol de los que saludan siempre aunque su apellido no se corresponda con ninguna de las sagas familiares 'de toda la vida'.

El de aquellos que no temen a los cambios, que aceptan redimensionar la ciudad de 90.000 en un pueblo de 67.000. Que saben que aunque las piezas del puzle no encajan, es probable que den para un buen mosaico si somos quien de aplicarles la argamasa adecuada. Son esos, y no otros, los que llamábamos comanches.


Marta Corral.

Periodista.

Nacho Santalla en el barrio de Ferrol

Latío Jondo.


Calor de mayo y color. Sobre todo color. Las señoras apuran el paso por las callejuelas de las “Casas Baratas”. Es lunes de mercadillo y toca aprovisionarse de todo tipo de enseres. Fruta y verdura del mercado, de esa cuyo sabor nos transporta irremediablemente a los veranos en la aldea. Esa, carnosa y jugosa que nada tiene que ver con la del gran Supermercado que han abierto en el polígono. Sabor de barrio, del de toda la vida. El recuerdo nostálgico de tiempos mejores. Un bastión que resiste, a duras penas, los embates del paso del tiempo. Y el frú- frú del trajín de las bolsas y cestos de las vecinas que se reúnen en la esquina para radiar las últimas novedades. La Pili y la Juana acompasan su eco conel grito de esa gitana, guapa a rabiar, que anuncia que las bragas están:“¡sólo a un euro, guapa!”. Una orquesta perfecta con el latío jondode un lugar con alma, con duende.

Luis y Manolo han quedado en el Sanchís para echar la partidita al tute y tomarse sus chatos. Al cruzar la Plaza de Sevilla han pillado a sus nietos en un banco; dando las primeras caladas a un Ducados rubio robado,furtivamente, del bolso de alguna de sus madres. A clase, que hay que estudiar. Hay que estudiar a pesar de que ya no abunda el trabajo como antes. A pesar de los buzos colgados, en señal de protesta, de la puerta del Arsenal. La vida sigue. Hay que aguantar.

La ropa de casa de los Salazar ondea al viento, su bandera. La de baberos, mono de faena y equipación del Ánimas incluida. Insignia de lo que significa vivir y apretar dientes. El coraje es el mejor aislante para la humedad que se cuela por las grietas y los tejados que, hace mucho, debieron retejar.

Cae la noche y los últimos murmullos de vida se van disipando. Se escucha la radio. Trajín en la cocina y grito a Ricardito para que suba a cenar, que son horas. Y así, en la semipenumbra Lucas y Paula están aprendiendo a vivir. Las manos nerviosas que levantan la falda, las lenguas que debates voraces en aquel callejón.De paisaje de fondo una pintada que reza “Laury, te amo con locura”. Un chaval hace cabriolas con su skate en la acera y el bueno de Ramón se cala bien la boina mientras farfulla que el chico va a acabar llorando. Que al fin y al cabo aquí, en Recimil, saben que por muy putas que vengan dadas… de momento ser feliz, es barato.


Elba Agulló.

Periodista.

Nacho Santalla haciendo un truco en Ferrol.

Entre "Las Angustias"...


Como en el introito de una misa, la iglesia de Las Angustias sirve como puerta de entrada entre el Ferrol de la Ilustración y el Ferrol proletario de entonces. Situada en la avenida principal del actual barrio de Esteiro, demolido en los años 70 del siglo pasado, dando nombre a la plaza que preside y en donde se venera la imagen de la Virgen con el Hijo en su regazo. Siendo sede de la Pontificia, Real e Ilustre Cofradía de Nuestra Señora de Las Angustias, con más de dos siglos de existencia.

Nacho, el skater, nos sugiere una especie de nexo de unión entre lo eclesiástico, lo civil y lo militar. Al deslizarse velozmente hacia los arsenales hace como un guiño al antiguo barrio obrero: de casas bajas, calles de tierra, balcones con ropa tendida, ruina y mucha miseria; donde abundaban los prostíbulos que servían para regocijo y lascivia de no pocos ferrolanos y marinos forasteros; homenajeando con ello a las gentes que vivían en él y que participaban en la construcción del Arsenal Militar.

Quizás Nacho tenga prisa por encontrarse con Jorge Juan o Sánchez Bort para pedirles que trasladasen sus ideas ilustradas y racionalistas a la época actual e hiciesen resurgir en Ferrol el brillo y esplendor que tuvo en su época (difícil se lo fiamos).

O tal vez, raudo y veloz, tenga intención de meterse en el Dique de la Campana para llevar a cabo la reparación necesaria que nuestra querida ciudad tanto necesita.


Manuel López.

Nacho Santalla en el Cantón de Molíns de Ferrol.

Ferrol rebobinado.


El otoño es romántico, nostálgico. Conduce, sin querer, a rebobinar aquellas cintas a las que ajustábamos su hilo de sonidos. A traer a la mente recuerdos agolpados, que nunca llegan a irse. Por suerte. Buenos y más grises. La inmensa escalera de aquel oscuro Gobierno Militar, que fue Fundación Caixa Galicia y ahora es Afundación. Cuántos cambios en tan pocos años, cuántas cosas que algunos ni siquiera han conocido. Peor, ni siquiera imaginan. En un amplio triángulo sin vértices, en la primera alameda gallega.
En un Cantón que, dicen en casa, tenía churros, patatas y buñuelos de La Bola de Oro. Un quiosco al que asomarse, al que pedir sin prisas. Ni teléfonos móviles que nos roben tiempo, vistas y acordes. Donde el progreso de un aparcamiento subterráneo privó de árboles ejemplares a cambio de vallados. Otra obra del Escorial que parece olvidada, solo recordamos la plaza de España. Terrazas que no son las de antaño, cuando brotaba el dinero y la alegría.
Cuando la resignación no abocaba a luchar contra el temporal de envejecimiento y depresión colectiva. De cuando la losa del paso del tiempo no impedía meditar el futuro. Al compás de un skate, que ya los hubo y que sigue habiendo, quizá sea el instante de pensar a muchos años vista. De tener claro cómo nos gustará caminar, beber y descansar cuando el Cantón sea todavía más viejo. Y nosotros seamos veteranos de guerra y añoremos días de gloria.


Raúl Salgado.

Periodista.

Nacho Santalla con su skate por Ferrol.

Pintado de color pescado.



No sé a quién se le ocurrió pintarlo de color azul bebé, le da un extraño cariz infantil. Extraña elección para un lugar donde huele a pescado. Inevitablemente, en mi cabeza, trato de imaginármelo de rosa pastel.

No creo que el rosa le agradase a Rodolfo Ucha. Al buen hombre le rechazaron en Madrid y, por suerte, vino a parar a Ferrol, donde le nombramos arquitecto municipal en 1909. Nos dejó, entre otras joyas, el Mercado de la Magdalena, la fachada del Teatro Jofre, el Hotel Suizo y el Casino de Ferrol – todos ellos lugares muy y mucho españoles.

Ya que es una pescadería, o al menos fue concebido como tal, entiendo que no sea rosa. El mar, como los peixes, es más bien azul – la lógica es aplastante. Aunque ahora, mirándolo con ojos frescos, me pregunto si en realidad no estará pintado de color verde mar. O como dicen los franceses, que para esto son muy finos, turquoise.

Lo que está claro es que no es rosa, aunque yo opto por hacer un referéndum y ver qué opinan los ferrolanos. Es cierto que el mar, y los peces, son kind of blue (que también es un disco de Miles Davis). Pero… ¿qué me dicen de las nécoras? ¡o el pulpo! Son obviamente más rosas que azules.

Tal vez, tanto el mar como el Mercado de la Magdalena, no sean tan azules como pensamos. O tal vez es como una de esas fotos que rula por el Facebook donde la mitad del personal ve la zapatilla verde, y la otra, rosa.

Qué dilema y qué alboroto. Propongo un referéndum. Elijan ustedes el color de las papeletas.


Gabriel Fraga.

Periodista.

Nacho Santalla en el ayuntamiento de Ferrol.

Excesivo.


Siempre me pareció excesivo ese edificio. Una suerte de brutalismo soviético implantado quirúrgicamente en el barrio de la Magdalena. Pero lo cierto, es que nunca había reparado demasiado en su peculiar belleza.

Era como esa clase de escenario que se convierte en un clásico común ante el que acontece todo. Todo en Ferrol pasaba allí, todo o casi todo. Ahora, mucho se lo ha robado Amboage, parece que el tiempo juega estragos y a esta plaza que él posee, le han salido arrugas.

Ahora que a más a menudo de lo que debiera hago memoria para echar cuentas del pasado, lo veo como un enorme telón en el que se proyectan y yuxtaponen muchas de mis memorias. Veo pasar por delante de él las largas noches que acababan aquí, cogiendo un taxi, trazando así un camino circular que nos devolvía al lugar donde todo había empezado. Y también veo proyectarse las memorias de niña, subiendo y bajando al colegio, o las de adolescente sentada en una esquina, esperando, desesperando y pasando las tardes…

Es patrimonio de la memoria colectiva de esta ciudad. Lo ha visto todo. Se ha callado, nos ha guardado secretos, nos ha hecho de testigo,… y nosotros, insensatos, nunca le hemos querido mucho.

Quizá los ferrolanos, deberíamos aprender más de él y sentirnos por una vez grandes, enormes, peculiares y bellos a nuestra manera. A lo mejor así, conseguiríamos perdurar como lo ha hecho él, e incluso, que nos hagan una plaza nueva. Pero esa, es otra historia.


Carolina Martínez.

Ingeniera y fotógrafa.

Nacho Santalla haciendo skate por el arsenal de Ferrol.

Murallas al mar.


La nuestra no deja de ser una situación un tanto particular. A pesar de que buena parte de la ciudad se despliega en una especie de península dentro de la Ría, pocos son los lugares desde los cuales tenemos un acceso directo al mar. Nos faltan incluso lugares desde donde podamos conformemos sólo con verlo.

La explicación a este “sin sentido” se encuentra en nuestro pasado histórico, en el que buena parte de la ribera de la ciudad fue ocupada primero por el Arsenal Militar y después por los astilleros. Dos ciudades dentro de la propia ciudad, rodeadas por una muralla, que nos ha llevado a vivir “alejados” del mar, y a que buena parte de la vida civil de la ciudad se haya desarrollado de espaldas a él.

La primera vez que entré en el Arsenal tenía 27 años, y cuando pasé bajo su puerta descubrí un mundo nuevo. ¿Cuánto tiempo llevaba aquello allí? ¿Cómo algo tan increíble existía en mi ciudad sin haberlo aún conocido?.

Antes de salir “me perdí” a propósito y curioseé todo lo que pude. Después de aquella vez no volví a entrar.

Me imagino a nuestra ciudad dentro de unos años con buena parte de su vida cultural y social en el interior del Arsenal, con la muralla eliminada en buena parte de su trazado, de modo que lo que hoy vemos desde los jardines de Herrera lo podamos caminar, y patinar, a pie de dique y a borde de muelle. La apertura de este conjunto histórico a la ciudad, el que pase a formar parte de nuestro día a día, debería de ser uno de los objetivos de cara a los próximos años.


Jesús Busto.

Ingeniero.

Nacho Santalla haciendo skate en Ferrol.

El corazón verde.


Sobre la mesilla de noche hay una pequeña vela de cera de abeja encendida, un corazón verde colgando de un cordón de algodón, brillando al son de la pequeña llama, un barquito de papel que una vez hiciste aburrida y un esférico ojo de tigre, mirándome. Mirando cómo vuelvo a abrir el cuaderno otra vez, como tantas otras veces antes fue abierto. Sobre la almohada la foto impresa que hizo Pablo, como quien lleva un libro a la cama con la esperanza de leer un poco a sabiendas de que solo mirará la portada. La foto de un lugar que conozco y que ya apenas frecuento por la tristeza que me provoca caminar solo por los mismos caminos que antes recorrimos juntos. Una foto hecha con unos ojos que no son los míos. Otros ojos. Otra mirada perdida a propósito. Un puente mal construido, una arquitectura absurda, fea, sin función ni emoción, sin cabeza ni corazón, y un chico que se eleva con el patín pegado a sus zapatillas por la pasarela. Allí estuvo una vez Copacabana. No hay ni rastro de naturaleza. Apenas queda el recuerdo, la espuma de los días, seca, amarillenta, mortecina. Una foto es una excusa. Podría haber sido cualquier otra cosa, como pasa siempre con todo. Las excusas siempre estarán ahí para ser utilizadas, aunque a menudo no sean necesarias.


Antes, los ojos cósmicos de los caballos de los gitanos brillaban en la oscuridad del túnel, al que llegábamos después de dejar atrás pequeñas leiras y tras bajar por O Raposeiro hasta las vías del tren, donde los niños golpeàbamos con palos los raíles para extraer de ellos sonidos enigmáticos, primitivos y extraños, que nos hacían felices.

Apartar la foto a un lado de la cama, sin riñones que calentar, sin cabellos en los que enredarse, sin buenas noches y sin hasta mañana. Estar en cama solo, con mis heridas mal cerradas, escribiendo esto y no lo otro. Ver las costuras del pecho, contar con las yemas de los dedos los puntos en la espalda y notar por un instante que vuelvo a recordar de nuevo. Sentir a una niña en brazos. Darle a pedacitos una galleta, inclinar una botella de agua para que beba y sentir una hermosa mirada enfrente, contemplando la escena. No levantar la vista del plano de la niña y colarse en él, por una esquina, los flecos de una bufanda de lana y unas uñas recién pintadas. Tener la sensación de algo, una intuición, una intensa corazonada, y no levantar la mirada de la criatura. Latir juntos mientras se acaba la galleta.


Nunca más volví a sentir aquel miedo. Otros sí, pero aquél, no. Es cierto, una vez tuve miedo de no volver a escribir nunca más. Después ya nunca volví a sentir aquel miedo. Ni ayer, que no podía escribir lo sentí, ni hoy que sí puedo lo siento.


Cierro el cuaderno y lo dejo en el suelo, atrapo en mi mano derecha el corazón verde que aún conservo y luego lo suelto, apago la luz de la vela con un suspiro y cierro los ojos como quien cierra una puerta que sabe que pronto abrirá de nuevo, y me pregunto si yo ya no soy yo o si soy más yo que nunca.


Entrar en el túnel oscuro, como un tren nocturno, sin rastro alguno de los brillantes ojos de los caballos de los gitanos, con todas las luces apagadas, adentràndome, una noche más, en un territorio de sombras.


Pablo Portero.

Escritor y realizador.

Nacho Santalla en Canido, Ferrol.

Opaííí


El barrio alto se convierte por el arte de Pablo en el inicio de un impulso que te arroja por la pista de Alonso López hacia el mar oculto de la ciudad. Y por primera vez en esta serie de fotografías , el protagonista de la historia no está sólo . Lo acompaña el maestro Velázquez, padre de Las Meninas y perfectamente proporcionado e integrado en la escena , el perro que sigue al trote la estela del audaz patinador.


Y el barrio detenido en el tiempo, adquiere movimiento para disfrutar de la magia del artista que combina los rojos y los verdes en una paleta pictórica fiel a lo que el propio barrio nos ofrece. Es el barrio del arte y él lo lleva en su sangre , por lo que le resulta fácil envolvernos en esa atmósfera característica que se respira en cada rincón del arrabal.


El lugar elegido es el más alto de la ciudad , la plaza de La Tahona .El punto más cercano al cielo y ese árbol que hace la función de espectador , alza sus ramas al cielo y se convierte en el juez que da el pistoletazo de salida al comienzo del descenso que tal cual un esquiador de salto olímpico , lo llevará calle abajo hacia la siguiente fotografía pasando por delante de la casa familiar en un guiño irónico hacia sus raíces y su propia naturaleza vital.


Y el patinador no va sólo porque las musas de Canido en esta ocasión lo acompañan en la consecución de sus sueños.


Edu Hermida.

Artista plástico.

Nacho Santalla con su skate en el parque de Ferrol.

レイナ・ソフィア公園 


Tengo una conexión particular con el parque de Reina Sofía, lugar recurrente a donde volver en sueños.


Así pues, esta fotografía toca una fibra especial captando un momento eterno que turba mi memoria. No soy capaz de situar el recuerdo, quizás mis padres quitaban los “ruedines” de mi primera bici, buscaba escondite con algún chico, refugio al escaparme de clase o silencio para la toma de alguna decisión. Sea lo que sea, esta imagen evoca también en mí el recuerdo de los pavos reales paseando alrededor de la “fuente Wallace” y me conmueve la idea de que aquí enlacé para siempre los conceptos de naturaleza y civilización en un contexto de deliciosa decadencia.


Ahora soy una admiradora incondicional de este parque donde lejos de las distracciones y los estímulos modernos encuentro otra fuente, esta vez de inspiración.


Patricia Fernández-Navarro.

Diseño & Viajes

Nacho Santalla con su skate en Ferrol Vello

Zona Cero, Zona Diez


Conocí Ferrol Vello, o el Muelle como todos le llamábamos, gracias a mi trabajo en la Oficina de Rehabilitación. Hasta ese momento, desde niño siempre había existido una barrera psicológca desde San Francisco a partir de la cual estaba lo prohibido y teníamos terminantemente prohibido pasar.

Gracias a mi trabajo, tuve la suerte de poder conocer a gran cantidad de personas del barrio a las que puedo poner nombre y cara. Algunas incluso consiguieron rehabilitar la casa familiar. Creo que no hay mayor gesto de amor y de respeto a tus mayores que poder conseguir mantener en pie las cuatro paredes que han sido el escenario de toda una vida familiar.
También tuve la posibilidad de conocer en el barrio de primera mano la huella de las drogas, la prostitución, la marginalidad y la miseria, impregnadas en edificaciones que habían sido transformadas improvisadamente para acoger burdeles de mala muerte o pensiones de perra chica. El olvido, la desidia, el agua y los repetidos incendios consiguieron hacer el resto, en un barrio en el que el silencio sepulcral, sólo interrumpido por el sonido de la lluvia, era su banda sonora.

Parece increíble, que desde la casa del viejo profesor, al que nunca le dedican un día de las Letras, y hoy convertida en otra ruína, se pueda observar un espacio que fue escenario hace la friolera de 600 años de uno de los acontecimientos históricos más importantes de la historia medieval europea. Hoy nada recuerda que en la Praza Vella comenzó la Revuelta Irmandiña de la mano de Roi Xordo en protesta pola opresión ejercida por la Casa de Andrade.
La Praza Vella, es en si misma una lección de historia y de arquitectura. Desde un mismo espacio se puede contemplar desde un Palacio de la mejor arquitectura neoclásica del país, pasando por una de las obras de ingeniería más importantes del Siglo XVIII como es el foso del Arsenal , hasta la olvidada Fuente de la Fama, único resto de mobiliario urbano de la antigua Alameda de Ferrol coetánea del Paseo del Prado de Madrid.

Me alegra saber, que una vez tocado fondo, el barrio empieza a revertir progresivamente su situación de deterioro. Cada vez más gente joven elige Ferrol Vello como lugar para vivir, atraída por su calidad urbana y la posibilidad de tener una vivenda rehabilitada a medida. Cada vez más negocios se instalan en el Barrio, buscando algo distinto que otras partes de la ciudad no pueden ofrecer. Poco a poco, como ya ha sucedido en otras partes de la ciudad, Ferrol Vello va a ir tomando pulso hasta llegar a ser un barrio lleno de vida. Sólo depende de nosotros que esto sea así.

Felipe Cotovad

Arquitecto

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